¿Limitará el gobierno cubano el acceso a internet?

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La asunción de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos significó un importante stop en el proceso de deshielo que se venía gestando desde 2014 entre Norteamérica y Cuba, por iniciativa de Barack Obama. Si bien el gobierno de la isla ha manifestado profundo descontento desde el discurso oficial ante los retrocesos de la nueva administración republicana, lo cierto es que hay muchos estratos dentro del gobierno cubano que se contentan con el regreso de la hostilidad acostumbrada.

Cuba cambió en los últimos años, y muchas de las transformaciones acontecidas en la isla ciertamente antecedieron al 17 de diciembre de 2014, pero no son ajenas a ese momento en que ambos gobiernos decidieron restablecer relaciones diplomáticas y reabrir embajadas.

No son pocos los estudiosos que reconocen que la apertura al trabajo por cuenta propia, las reformas migratorias que eliminaron los permisos a los cubanos para viajar libremente a cualquier lugar del mundo, y el acceso libre a internet desde zonas de conexión vía WI-FI fueron algunas de las monedas de cambio empleadas para el gobierno cubano para que Obama se sentara a negociar.

El primer presidente negro en la historia de los Estados Unidos tenía intenciones de cambiar su política respecto a Cuba, pero necesitaba antes convencer a los congresistas menos entusiastas de que el régimen comunista venía dando pasos en cuanto a libertades individuales y derechos humanos.

El propio John Kerry, Secretario de Estado durante la segunda administración de Obama, dejó entrever a la prensa durante su visita preparatoria del viaje presidencial que la apertura de zonas WI-FI había sido una de las solicitudes realizadas al gobierno cubano antes de que el Air One Force aterrizara en Boyeros.

Si bien las medidas adoptadas por Castro eran de magro alcance para la Casa Blanca, el ala más conservadora del gobierno cubano tampoco recibió con halago aquel acercamiento, pues las nuevas libertades socavaban su hegemonía dentro de la isla. Y no se equivocaban, pues las salidas masivas de los cubanos al exterior implicaban que estos descubrieran una realidad bien distinta a la percibida por un pueblo que en su mayoría había nacido después de 1959; el empoderamiento de un nuevo sector económico emergente traería a la larga intereses de clase y pondría en entredicho la capacidad estatal de administrar ciertas esferas; y los nuevos servicios de acceso a internet le brindarían información alternativa a receptores pasivos de la prensa oficialista.

De cualquier manera, Castro se veía obligado a poner estas cartas en juego y asumir los mencionados riesgos si buscaba el fin de la hostilidad norteamericana y encontrar mayores posibilidades económicas y mercantiles con Estados Unidos, en un momento en que ya Chávez se encontraba enfermo y resultaba incierto el futuro de Venezuela, tabla de salvación de la revolución cubana en las últimas décadas.

Así se iniciaron en secreto las negociaciones desde la primera administración de Barack Obama, que tendrían su opening el 17 de diciembre de 2014, cual cima emergente de un iceberg cuyo mayor volumen se encontraba bajo un mar de silencio.

Sin embargo, tras la llegada de Trump a la Casa Blanca se vislumbraba un considerable retroceso que el republicano no tardó en anunciar, reunido con sus votantes republicanos en el estado de la Florida. Ante el nuevo escenario es de esperar igualmente un reflujo por parte de Cuba, y la vuelta de un discurso hostil entre ambos países.

Ello, aunque no se manifieste abiertamente contenta a algunos sectores dentro del gobierno comunista, que recobran el aliento ante la posibilidad que les brinda Trump de recrudecer nuevamente su control absoluto sobre aquellas esferas en las que había cedido terreno. La regla de actuación sería la misma aplicada por décadas: una política de reacciones apresuradas ante cada nueva amenaza, intromisión o ataque de la Casa Blanca. Por ejemplo, si Trump anuncia que destinará millones al empoderamiento de los pequeños empresarios en Cuba, el gobierno cubano responde por su parte con mayores trabas a la actividad no estatal.

A solo semanas de las primeras declaraciones del actual presidente norteamericano sobre su política respecto a Cuba el gobierno caribeño decidió paralizar el otorgamiento de nuevas licencias para el trabajo por cuenta propia, lo que fue recibido con gran disgusto por quienes habían encontrado en el trabajo no estatal una manera menos opresiva y mejor remunerada de subsistir dentro de la isla.

Ahora cuando desde Washington se habla de la necesidad de buscar nuevas alternativas para extender el acceso de la internet entre los cubanos, ya el gobierno comunista da a conocer en nota oficial que ha regulado y seguirá regulando el flujo de información en la isla, y de esas palabras podría deducirse un cierre gradual de las actuales facilidades de conexión para los cubanos.

A pesar de los privativos precios de la navegación en la isla y la pésima calidad del servicio cada vez son más quienes se conectan en la isla, para comunicarse principalmente con sus familiares y seres queridos en el exterior, pero también para consumir materiales que difieren en forma y contenido a los que se reciben por las fuentes oficiales de propaganda.

A pocos extrañaría que en los días que siguen se limite el acceso a internet, o se niegue el acceso desde la isla a nuevos sitios o páginas webs de signo político contrario. El gobierno cubano ya no tiene la necesidad de hacer guiños a la actual administración estadounidense, pues Trump no será ni remotamente un interlocutor, como lo fuera Obama.

Incierto se perfila el panorama para los cubanos en los meses que siguen, pudieran verse coartadas algunas de las libertades que han conocido durante los últimos años.

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