La noche del 31 de diciembre de 2025 transcurrió sin apagones en buena parte del país.
Canales oficiales hablaron de “cobertura total de la demanda” y de “cero déficit”. El mensaje fue claro y calculado. Cuba cerraba el año con luz. Sin embargo, bastó revisar los propios partes del Sistema Electroenergético Nacional para entender que aquello no fue una solución, sino una maniobra puntual.
Durante meses, el déficit eléctrico superó cifras históricas. Hubo jornadas completas sin servicio estable, afectaciones por encima de 2000 megawatts y un deterioro visible de la generación. Nada de eso desapareció en una sola noche. Tampoco se repararon termoeléctricas, ni llegaron cargamentos milagrosos de combustible. El sistema seguía siendo el mismo, con los mismos problemas.

Priorizar no es resolver
La explicación está en cómo se administró la electricidad esa noche. Se redujo la demanda de forma forzada. Limitaron consumos industriales. Se apagaron zonas no prioritarias. Se protegieron territorios estratégicos y, sobre todo, se concentró la energía disponible en un tramo horario muy concreto.
Eso permitió que, durante unas horas, la oferta coincidiera con la demanda. Técnicamente, el sistema quedó “cubierto”. Pero solo en ese momento. No fue estabilidad. Fue contención.
El propio parte del día siguiente lo confirma. El 1 de enero regresaron las afectaciones. En el horario pico ya se pronosticaban déficits superiores a 1300 megawatts. Las centrales seguían averiadas. La generación térmica continuaba limitada. Decenas de motores permanecían fuera de servicio por falta de combustible y lubricantes.
El combustible, la clave que no se dice
Durante mucho tiempo se ha insistido en que los apagones se deben a roturas. Es cierto que las termoeléctricas están obsoletas y mal mantenidas. Pero los informes oficiales muestran otra realidad más incómoda. Una parte enorme del déficit proviene de la falta de combustible.
Más de 900 megawatts estaban indisponibles por esa causa en los últimos días del año. Sin diésel, sin fuel y sin lubricantes, la generación distribuida no puede sostenerse. Y sin respaldo térmico, el sistema colapsa ante cualquier aumento de la demanda.
La noche del 31 se quemó todo lo que había disponible. Se usaron reservas. Se estiró el sistema al límite. Lo que se logró fue una foto, no una mejora real.
Electricidad como mensaje político
No es casual que ocurriera en una fecha simbólica. Fin de año, celebración, cierre de ciclo. La electricidad se convirtió en mensaje. En un gesto de control, no de solución. El problema es que el costo se paga después, cuando vuelve el déficit, cuando faltan combustibles y cuando el desgaste es mayor.
Presentar esa noche como un logro es engañoso. Genera expectativas falsas y normaliza la idea de que el problema está “casi resuelto”. No lo está.
Sin cambios estructurales no habrá alivio
Mientras no exista un suministro estable de combustible, mantenimiento real y una estrategia energética sostenible, los apagones seguirán siendo parte de la vida cotidiana. Habrá noches excepcionales, sí. Pero serán eso: excepciones.
La crisis eléctrica en Cuba no se apaga con un interruptor ni con un parte optimista. Se resuelve con recursos, planificación y transparencia. Nada de eso ocurrió el 31 de diciembre. Por eso, el apagón volvió apenas amaneció el nuevo año.
