La producción de carne de cerdo en Cuba atraviesa uno de sus momentos más críticos, pero los productores privados se han convertido en un pilar fundamental para evitar su colapso total.
Aunque la prensa oficial destacó esta semana «resultados positivos» en la provincia de Granma, los propios datos confirman que el Estado ya no es el principal sostén del sector porcino.
Según reconoció el diario Granma, la Empresa Porcina de Granma logró cerrar 2025 con cifras favorables gracias a convenios con productores privados, que hoy aportan el 95% de la carne que cumple el plan anual.
La empresa estatal ha pasado de ser productora directa a desempeñar un rol de gestora y facilitadora, proporcionando genética y asistencia técnica, mientras los privados asumen los costos y riesgos de la ceba.
Este modelo ha permitido una leve recuperación de la masa ganadera y algunos avances genéticos, como el aumento de reproductoras raciales puras y de capa oscura.
Sin embargo, estas mejoras no ocultan la gravedad de la situación nacional. Entre 2020 y 2024, Cuba perdió el 73% de sus hembras reproductoras, un golpe devastador para la capacidad productiva del país.
La mala alimentación sigue siendo el principal obstáculo para una recuperación real. Directivos del sector reconocen que resulta imposible volver a la capacidad histórica estimada en unas 8.000 cabezas por unidad productiva.
La escasez de pienso obliga a recurrir a alternativas como boniato, yuca y calabaza, así como a la elaboración artesanal de harina de pescado, soluciones que apenas mitigan el problema.
A pesar de estas limitaciones, los indicadores productivos han mostrado cierta mejoría. El número de crías por parto supera los objetivos y la mortalidad se ha reducido significativamente en comparación con años anteriores.
No obstante, estos avances contrastan con la caída histórica de la producción nacional, que pasó de unas 200.000 toneladas en 2018 a apenas 9.300 toneladas en 2024.
El impacto de esta crisis se refleja directamente en los precios. La carne de cerdo, antes un alimento básico en la mesa cubana, se ha convertido en un lujo, con precios que superan los 1.000 pesos por libra.
