¿Quién tiene el poder en Cuba? Las conversaciones secretas con Estados Unidos no dejan lugar a dudas

¿Quién tiene el poder en Cuba? Las conversaciones secretas con Estados Unidos no dejan lugar a dudas

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Varias fuentes lo confirman: Se están desarrollando conversaciones discretas entre funcionarios de alto nivel de Estados Unidos y representantes del régimen cubano. Diálogos que inicialmente fueron negados por Díaz Canel y que ponen de relieve dónde está el poder en la isla.

Washington dice que está dispuesto a explorar una salida diplomática para la crisis de la isla, pero también advierte que no aceptará maniobras dilatorias ni resistencia a sus exigencias. Ese habría sido uno de sus ejes argumentales en la última reunión celebrada por estos días en La Habana.

Un encuentro que permite entender mejor cómo funciona el poder en Cuba. Cuando llega el momento de discutir asuntos decisivos, Miguel Díaz-Canel no aparece como el verdadero conductor del proceso. Las piezas más sensibles vuelven a estar en manos del entorno de Raúl Castro y de su familia.

La reunión en La Habana retrata la gravedad del momento

El contenido de los contactos en la capital cubana deja claro que no se trató de un intercambio menor. Sobre la mesa estuvieron temas de fondo: presos políticos, apertura económica, margen para el sector privado, libertades políticas y eleciones libres, propiedades confiscadas y hasta la posibilidad de internet satelital en la isla.

No es una agenda cualquiera. Es una agenda de rediseño, o al menos de presión para forzar cambios estructurales en un sistema que ya no logra sostenerse con sus viejos mecanismos.

Cuba atraviesa una crisis económica profunda, con escasez de alimentos, apagones, colapso del transporte, falta de combustible y una caída brutal del poder adquisitivo. En ese contexto, estas conversaciones en La Habana son más que diplomacia. Son una discusión sobre la supervivencia del modelo.

Díaz-Canel negó primero lo que después terminó admitiendo

Uno de los elementos más reveladores de esta historia está en la conducta del propio Díaz-Canel. Cuando Trump habló hace meses de contactos con el gobierno cubano, la respuesta oficial cubana fue negarlo. El gobernante rechazó públicamente esa versión y trató de limitar cualquier vínculo a canales técnicos.

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Después ocurrió lo contrario. El propio Díaz-Canel terminó reconociendo que sí había negociaciones y, además, dejó una frase clave: dijo que quien dirigía ese proceso era el “líder histórico de la Revolución”. En otras palabras, Raúl Castro.

Ese giro no fue un simple cambio de discurso. Fue una admisión de fondo. Mostró que el presidente formal no llevaba el mando de la cuestión más delicada para el futuro inmediato del régimen. Primero negó. Luego confirmó. Y al confirmar, dejó claro que la conducción real estaba en otra parte.

El poder no está en la presidencia ni en el Parlamento

La escena vuelve a demostrar algo que en Cuba se ha intentado disfrazar durante años con formalidades institucionales. El poder efectivo no reside en la Asamblea Nacional, ni en el Consejo de Estado, ni siquiera en la presidencia que ocupa Díaz-Canel.

Esas estructuras sirven para validar, anunciar o revestir decisiones. Pero no son el lugar donde se define el rumbo estratégico del país. Cuando la situación entra en una zona crítica, como ocurre ahora, el sistema recurre a su núcleo histórico. Ahí están los mandos militares, los aparatos de inteligencia, los intereses económicos más sensibles y la cadena de lealtades que sostiene al régimen.

Por eso la discusión importante no pasa por lo que diga el Parlamento ni por la retórica del presidente. Pasa por quién conserva la capacidad de negociar con Washington, de ordenar internamente y de ofrecer garantías a la élite que vive del sistema.

La aparición de “El Cangrejo” fue una señal

En medio de esa transición empezó a ganar visibilidad Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como “El Cangrejo”, nieto de Raúl Castro. Hasta ese momento no había tenido un rol ejecutivo público. Su imagen estaba asociada sobre todo al entorno de seguridad de su abuelo y a su condición de guardaespaldas o asistente personal.

Sin embargo, de pronto comenzó a aparecer en espacios donde antes no figuraba. Su presencia en momentos clave y su vinculación con los contactos políticos revelan que no se trata de una simple exposición mediática. Es una ficha del núcleo familiar que empieza a ocupar un lugar visible cuando el sistema necesita mensajeros confiables y operadores con acceso directo al verdadero centro de mando.

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Eso dice mucho sobre la lógica del régimen. Cuando la negociación se vuelve seria, no ascienden figuras institucionales nuevas ni cuadros civiles con autonomía propia. Sale a escena la familia. Sale a escena el círculo de confianza.

Los Castro no se fueron, solo cambiaron de posición

Durante años se intentó vender la idea de una sucesión ordenada. Fidel murió. Raúl dejó la presidencia. Díaz-Canel asumió. Se habló de renovación, de continuidad institucional y de relevo generacional.

Pero la crisis actual está desmontando esa narrativa. Los Castro no abandonaron el poder. Lo replegaron. Lo reorganizaron. Lo mantuvieron lejos del foco, pero intacto en sus zonas decisivas.

Ahora que Cuba enfrenta una coyuntura extrema, vuelven a aparecer quienes de verdad pueden mover piezas. No porque sean símbolos del pasado, sino porque siguen siendo los depositarios de la autoridad real dentro del sistema. La negociación con Trump lo ha dejado al descubierto.

Washington parece hablar con quienes sí pueden decidir

Otro dato importante es que Estados Unidos parece haber entendido ese mapa. Si las señales apuntan al entorno de Raúl Castro, es porque Washington no quiere perder tiempo con figuras decorativas. Está buscando interlocutores que puedan garantizar algo dentro del régimen.

Eso también reduce el peso político de Díaz-Canel. Puede ser la cara visible del poder. Puede pronunciar discursos y encabezar actos públicos. Pero cuando llega la hora de pactar condiciones, responder a presiones o estudiar una salida controlada, no parece ser el hombre con la última palabra.

En la práctica, eso lo convierte en un gerente de la crisis. Administra el deterioro, pero no define el arreglo final.

Lo que está en juego no es una transición democrática

Nada de esto significa que Cuba esté cerca de una apertura real en sentido democrático. Lo que se ve, por ahora, es otra cosa. El régimen intenta ganar tiempo y explorar fórmulas de adaptación sin desmontar el núcleo del poder.

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Ahí entra la familia Castro como garante de continuidad. Puede aceptar ajustes, permitir ciertas reformas económicas, mover rostros y dar señales de flexibilidad. Pero el objetivo sigue siendo conservar el control político.

La gran pregunta no es si van a cambiar nombres o a ensayar una nueva imagen. La verdadera pregunta es si ese rediseño será solo una operación para salvar a la élite que ha dominado Cuba por décadas.

La crisis ha roto la ficción institucional

La gravedad del colapso cubano está haciendo caer muchas máscaras. Ya no basta con la propaganda ni con la puesta en escena institucional. La falta de comida, la inflación, el desplome del salario, la emigración masiva y la desesperación social han puesto al sistema contra la pared.

En ese escenario, las conversaciones secretas en La Habana tienen un valor que va mucho más allá de la política exterior. Sirven para revelar cómo funciona el poder real en la isla. Y lo que muestran es claro: ni el Parlamento manda, ni Díaz-Canel decide lo esencial.

Cuando el régimen siente que se juega la supervivencia, vuelve al mismo lugar de siempre. Vuelve a Raúl Castro. Vuelve a su familia. Vuelve al núcleo que nunca soltó el control.


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