La salud mental en Cuba sufre el impacto de una rutina dominada por apagones, escasez de agua y dificultades para conseguir alimentos.
El esfuerzo constante por “resolver” las necesidades básicas consume tiempo y energía. También mantiene a muchas personas pendientes del próximo corte eléctrico o de la búsqueda de productos esenciales.
Un reportaje publicado este 12 de agosto recoge testimonios sobre ese desgaste acumulado. Los entrevistados describen una vida diaria condicionada por problemas que aparecen al mismo tiempo y exigen respuestas inmediatas.
Una población en alerta permanente
Tania Peón, directora de Salud Mental de La Habana, explicó a AFP que la población permanece en un “estado de alerta”. Esa tensión sostenida favorece el agotamiento psicológico.
La incertidumbre alcanza actividades cotidianas como cocinar, descansar, almacenar agua o conservar alimentos. Cada interrupción obliga a reorganizar horarios y buscar soluciones con recursos limitados.
Los apagones tienen un peso particular porque alteran el sueño y la dinámica familiar. Su efecto se combina con la preocupación por la comida y el abastecimiento de agua.

El costo psicológico de “resolver” cada día
En Cuba, “resolver” suele describir la búsqueda de alternativas ante la falta de bienes o servicios. Esa práctica puede incluir recorrer varios lugares, hacer largas gestiones o depender de familiares y conocidos.
El problema surge cuando esa búsqueda deja de ser ocasional y ocupa buena parte de la jornada. Los testimonios recopilados reflejan cansancio ante la necesidad de improvisar soluciones todos los días.
La presión no responde a un solo episodio. Proviene de la repetición de cortes eléctricos, carencias y dificultades que impiden organizar la vida con estabilidad.
Ese estado obliga a concentrarse en necesidades urgentes. Las tareas pendientes se acumulan y el descanso queda condicionado por situaciones que las familias no controlan.
La crisis material también afecta las emociones
El análisis de la salud mental en Cuba muestra una relación directa entre las condiciones materiales y el bienestar emocional. La falta de servicios básicos puede convertirse en una fuente continua de tensión.
Peón vincula el agotamiento con la necesidad de permanecer preparados ante nuevos problemas. La vigilancia constante reduce los espacios de recuperación tras cada dificultad.
Los relatos también exponen una carga que rebasa el esfuerzo físico. Conseguir comida, agua o electricidad suficiente para completar una tarea implica cálculos, cambios de planes y preocupación.
La acumulación de esas experiencias ayuda a explicar el desgaste descrito por los entrevistados. El día termina, pero las mismas necesidades pueden reaparecer a la mañana siguiente.
Apagones, agua y alimentos en la misma rutina
Las carencias no actúan por separado. Un apagón puede dificultar el bombeo de agua, la preparación de alimentos y su conservación, lo que aumenta la cantidad de asuntos por resolver.
Para muchas familias, la jornada depende de cuándo llega la electricidad, qué productos aparecen y cuánto tiempo pueden dedicar a buscarlos. Esa falta de previsibilidad sostiene el estado de alerta señalado por la directora de Salud Mental de La Habana.
El reportaje presenta la crisis como una experiencia repetida que también pasa factura emocional. Los testimonios coinciden en el agotamiento que provoca enfrentar, día tras día, apagones y escasez de agua y alimentos.
















