La crisis en Cuba impulsa la venta privada de plantas eléctricas, estaciones de energía, kits solares y balitas de gas, mientras aumenta la factura que pagan los emigrados.
La crisis energética en Cuba no solo ha multiplicado los apagones. También ha impulsado un creciente mercado privado de plantas eléctricas, estaciones de energía, baterías, inversores, paneles solares y, más recientemente, kits y balitas de gas.
Estos negocios responden a necesidades concretas que los servicios estatales no consiguen cubrir. Sin embargo, sus precios están fuera del alcance de la mayoría de los salarios cubanos. Por eso, detrás de muchas de estas compras aparece un familiar emigrado que intenta garantizar desde el extranjero algo parecido a una vida normal dentro de la isla.
Enviar una remesa para alimentos o medicamentos ya no es suficiente. Ahora también hay que financiar equipos para conservar la comida, encender un ventilador, mantener un refrigerador funcionando o preparar la cena cuando coinciden el apagón y la falta de gas.
De las plantas a las estaciones de más de 3.000 dólares
Hace algunos años, numerosas familias comenzaron comprando plantas eléctricas por varios cientos de dólares. A la inversión inicial se añadían después el combustible, el aceite, las reparaciones y un mantenimiento difícil de sostener en medio de la escasez.
Con el agravamiento de los apagones ganaron terreno las estaciones portátiles de energía. Son más silenciosas y no necesitan combustible para funcionar, pero requieren electricidad o paneles solares para recargarse.
Una investigación realizada por Directorio Cubano en grupos de compraventa y comunidades especializadas en redes sociales permitió comprobar cuánto cuestan actualmente estas alternativas en la isla. Los precios corresponden a anuncios publicados por vendedores particulares y pueden variar según el modelo, la capacidad, la garantía y el territorio donde se entregue el equipo.
Una estación OUPES de 600 vatios y 256 Wh se anuncia en 295 dólares. Una Ampace Andes 600 Pro aparece en 460 dólares, mientras una EcoFlow River Pro alcanza los 550.
Los modelos con capacidad para alimentar más electrodomésticos comienzan alrededor de los 800 dólares. En ese precio se promocionan una OUPES de 2.000 vatios y una EcoFlow Delta 2.
Una EcoFlow Delta 2 Max se vende por 1.410 dólares sin panel y por 1.550 dólares acompañada de un panel de 500 vatios. En el extremo superior aparece la EcoFlow Delta Pro 3. El equipo, con batería de 4.096 Wh, potencia nominal de 4.000 vatios y pico de 8.000, se anuncia por 3.330 dólares.
También se comercializa un sistema integrado con inversor de 3 kW y batería de 7,1 kWh por 1.800 dólares. Para una familia cubana, cualquiera de estas compras representa una inversión imposible de cubrir con ingresos ordinarios.
Kits solares que llegan a los 5.300 dólares
Quienes buscan mayor autonomía, necesaria ya ante apagones de 48 horas y más, están recurriendo a sistemas solares completos. Estos incluyen varios paneles, inversores híbridos y baterías de litio capaces de almacenar la energía producida durante el día.
Las ofertas revisadas muestran kits desde aproximadamente 1.200 dólares. Los sistemas de mayor capacidad alcanzan los 3.000, 4.000 y hasta 5.300 dólares, dependiendo de la cantidad de paneles, la potencia del inversor y el almacenamiento disponible.
Un paquete con nueve paneles solares, batería de 10 kWh e inversor de 5 kW, por ejemplo, se promociona alrededor de los 3.000 dólares.
Estos sistemas pueden acercar a una vivienda a una experiencia con electricidad durante buena parte del día, pero la autonomía real depende del consumo, las condiciones de instalación, la radiación solar y los equipos conectados.
Los paneles también se venden por separado. Una de las ofertas más recientes anuncia un modelo bifacial de 750 vatios por 190 dólares, sin cables y con transporte incluido en La Habana.
Los precios revelan hasta qué punto se ha encarecido la búsqueda de independencia energética. Lo que comenzó con una planta de algunos cientos de dólares ha terminado, para determinadas familias, en inversiones equivalentes a varios años de ingresos dentro de Cuba.
El negocio privado crece al ritmo de la crisis
La demanda ha abierto espacio para importadores, vendedores y plataformas que comercializan estos productos en divisas. Muchos incluyen transporte dentro de La Habana, aunque las garantías ofrecidas suelen ser limitadas: desde 15 días hasta apenas un mes en algunos equipos.
Estos emprendimientos no crearon la necesidad. Aparecieron porque los apagones prolongados obligaron a las familias a buscar alternativas. No obstante, su crecimiento evidencia una desigualdad cada vez más marcada entre los hogares que reciben ayuda del exterior y aquellos que dependen exclusivamente de salarios o pensiones en pesos cubanos.
Para muchas personas, tener refrigerador durante un apagón, conservar medicamentos o encender un ventilador depende de su capacidad para comprar una solución privada.
Ahora también hay que comprar el gas
A la factura eléctrica se añade el problema de cocinar. La inestabilidad en la distribución estatal de gas licuado y los prolongados cortes de electricidad han impulsado nuevas ofertas dirigidas, principalmente, a compradores residentes fuera de Cuba.
Plataformas y comercios como Supermarket23, Cubamax y Gas Mercaful promocionan recargas, cilindros y kits de gas para diferentes territorios de la isla.
Algunas recargas o servicios asociados a cilindros de diez kilogramos se anuncian desde unos 29 o 35 dólares. Cuando la oferta incluye una balita nueva, válvula y la posibilidad de comprarla sin entregar un envase vacío, el precio puede rondar los 87 y 89 dólares.
La aparición de estas opciones resuelve un problema inmediato para quienes pueden pagarlas. Al mismo tiempo, confirma el patrón que se repite con la electricidad: cada servicio básico que falla termina convertido en una nueva compra en dólares.
Una factura creciente para la emigración
Sostener a una familia en Cuba implica cada vez más gastos para quienes viven en el extranjero. Ya no se trata únicamente de enviar alimentos, medicinas, ropa o dinero para cubrir necesidades diarias.
En determinados hogares, el emigrado debe pagar una planta eléctrica, una estación portátil, baterías, paneles solares, un inversor y ahora también el recipiente de gas con el que sus familiares podrán cocinar.
Los negocios privados crecen porque existe una demanda enorme. Pero el fondo del problema permanece: sobrevivir a la crisis se convierte progresivamente en un privilegio para los hogares que tienen a alguien fuera con posibilidades de asumir una factura que puede comenzar en decenas de dólares y terminar superando los 5.000.














